Hace mucho tiempo los habitantes de la ciudad de Tebas estaban atemorizados por una Esfinge que apareció un día de repente a la entrada de la ciudad. La Esfinge no era como esas famosas esfinges de Egipto, sino que era un ser monstruoso con cabeza humana, cuerpo de león y unas alas enormes.
La Esfinge impedía la salida de los habitantes de la ciudad,
pero también la entrada a Tebas ya que cualquiera que quisiera salir o entrar
debía resolver el acertijo que proponía la Esfinge. Si no lo acertaba, la Esfinge
agitaba sus enormes alas y lanzaba a la persona que se equivocaba lo más lejos
posible con un gran golpe del que no se recuperaba jamás.
Un buen día pasó por allí un joven muy inteligente llamada
Edipo. Él quería entrar a la ciudad de Tebas pero, como todo el mundo, antes
tenía que acertar la adivinanza de la Esfinge.
- Buenas tardes, Edipo - le dijo la Esfinge- tienes que
adivinar mi acertijo si quieres entrar en la ciudad.
- Adelante, ¿cuál es la adivinanza?- dijo Edipo con la
seguridad que le proporcionaba su ingenio.
- Solo tiene una voz y anda con cuatro pies por la mañana,
con dos pies al mediodía y con tres pies por la noche.
Ese era el famoso acertijo de la Esfinge que nadie podía
resolver. Edipo se lo pensó un rato, estaba difícil la adivinanza, pero después
de darle un par de vueltas dio con la respuesta correcta.
- El ser humano- dijo Edipo. Porque cuando nace, gatea y
anda a cuatro patas, luego camina con dos pies y cuando se hace viejecito
necesita un bastón para andar.
La respuesta era correcta. La Esfinge se puso de muy mal
humor porque ahora tenía que dejar pasar a Edipo y ella tendría que buscarse
otro lugar para sus adivinanzas. Así que agitó sus alas y salió volando muy muy
lejos de Tebas.

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